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En el pais de nuestras resacas (3/3)
Por Nadia Yassine, 01/11/2006
Recaída cruel
El destino de la mujer que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quiso promover, termina por desgracia con el advenimiento del despotismo personificado en Moawiya, que el respeto debido a los compañeros no debe impedirnos criticar enérgicamente. La crítica no es obligatoriamente sinónimo de odio, en nuestra percepción musulmana del mundo, que nos hace ver una parte de fatalidad en cada acción pasada y cerrada. El libre árbitro es condicionado por el instante y es posible mientras que haya ahí un futuro; en el pasado, sólo se habla de Destino.
Los últimos especimenes de esta mujer mayor y responsable no dudarán, en efecto, en ser elocuentes en su crítica dirigida a Moawiya. Después, comienza la caída, y el retroceso de la mujer musulmana. Después, se produce una ruptura brutal de un clan vital. La aprehensión del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se verifica. No dijo él en su lecho de muerte y como última recomendación–premonición: “Temed la prueba de las mujeres”.
La comunidad, todavía liberándose mal de sus antiguas tendencias naturales, hará pronto una interpretación machista de esta recomendación, olvidando que era imposible que Mohammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) hiciese una exhortación a las antípodas de lo que el había defendido toda su vida. Este hadith puede ser clasificado simplemente entre los cuales el Mensajero informaba a los musulmanes de las pruebas que les esperaban, yendo así hasta el final de su misión de bachir (23) y de nadir (24).
Si los Musulmanes hacen tan malas interpretaciones de las recomendaciones y de las advertencias del Mensajero, es porque ellos se olvidan de la esencia misma del Mensaje coránico y sufren de una visión fragmentada de su fe. Es la dimensión profunda del Islam la que falta cruelmente a nuestros exegetas misóginos. Cuando esta dimensión es tenida en cuenta, tenemos en nuestro patrimonio a sabios como Al Ghazali (Algazel) que reconsidera el estatuto de la mujer con ojos relativamente (25) condescendientes. Actualmente tenemos a Qardawi en Egipto y a Koubeyssi en Irak.
El estatuto de la mujer no está solamente forjado muy lejos de ese sentido profundo, sino que ha sufrido de las pasiones de los príncipes, que perpetuarán de tradiciones nefastas e instituirán de prácticas a los antípodas del Mensaje coránico. Como son de justos los propósitos de Zakya Daoud defendiendo la idea de que la historia del estatuto de la mujer musulmana es esencialmente político:
“Las mujeres cubrieron los gastos, dice ella, de los poderes autoritarios que en los tres casos, han utilizado su situación para fortalecerse y perpetuarse. Es en el vientre blando de los palacios que se verifica las extravagancias de los tiranos y que se mide mejor la lenta composición, recomposición de los procesos sociales. También hoy, los problemas que tienen ellas hacen parte del contencioso de las sociedades civiles con respecto a los poderes.” (26)
Los príncipes, tendidos en el lujo de un poder corrupto, corrompiendo e ignorando soberbiamente las enseñanzas del Corán reveladas para liberar al hombre de sus cadenas en el sentido propio y figurado. Los foutouhates (27) les trastornarán la cabeza. Ellos veían afluir una marea de bellas prisioneras de guerra que despertarían los instintos universales de posesión de la mujer. El islam predicaba tener por un tiempo a los prisioneros de guerra en el seno de las familias con el fin de hacerlos apreciar directamente lo que es la vida de un musulmán y lo que ofrece como equilibrio psicológico y como respuesta a las angustias existenciales. Se trataba de iniciarlos a un modo de vida basado en el equilibrio, entre lo espiritual y lo temporal, entre lo trascendente y lo cotidiano, después de liberarlos y dejarlos entrar en sus casas como misioneros sagaces del islam.
La detención se vuelve la regla, esta permite aprovechar de una feminidad que se negaba a las mujeres árabes libres, símbolo de una dignidad asustada y echada a perder. Las costumbres de la corte destiñen en la sociedad musulmana, particularmente en las ciudades que habían tenido ya dificultad para salir del esquema hiper-machista de la aristocracia árabe.
Es cierto que el estatuto de la mujer variaba de un país a otro, del campo a la cuidad, de una región a otra, pero la cultura dominante era la de la mujer-objeto que se tuvo que rápidamente enviar a los khoudours (28) de la historia. El adagio de Ibn Khaldoun (Ibn Jaldún) “Las sociedades abrazan la fe de sus reyes” es muy justa en lo que concierne el ámbito del estatuto de la mujer. Su “din al inkiad” podría traducirse como “la fe imitada”. La sociedad entera, de una manera o de otra, y por la fuerza de ese mimetismo, estaba empapada de esa cultura misógina que reproducía tradiciones yajilianas, creyendo estar en el camino del islam.
Derrumbes
La semántica esta ahí para atestiguar también esta desviación, como una onda comienza en los palacios y termina en las chozas. Escogeremos el término de wali, traducido de manera errónea por “tutor” para atestiguar este derrumbe etimológico que refleja otros deslizamientos; derrumbe de la fe, derrumbe del poder, derrumbe de la sociedad.
Ese concepto de wali hace con razón poner los cabellos de punta, a más de una feminista en tierra del islam. La primera verdad de esta palabra podría por tanto reconciliarlas con ese término lleno de finura al principio, minado de equivocaciones en nuestros días. El término de wali significa etimológicamente en árabe el “amigo” o aún más el “apoyo”. El versículo que declara “Dios es el wali de los creyentes” no puede, en ningún caso ser traducido por “Dios es el tutor de los creyentes” pero más bien por “Dios es el “apoyo” de los creyentes”.
Otro versículo es aún más revelador de esta significación: “Los creyentes y las creyentes son apoyos mutuos (awlia) (29) los unos para los otros” (30). Es insensato traducir este versículo por “Los creyentes y las creyentes son tutores mutuos los unos para los otros”.
El principio de wali es adoptado en la mayoría de los imanes en ese sentido primero de “apoyo” y de “amigo solidario”. Ellos verán ahí, un medio de proteger a la mujer, no de molestarla, de aminorarla, o de hacer de ella una eterna menor bajo tutela. El matrimonio se inscribía entonces en una lógica de vínculos sociales que implicaban a las dos familias y no era solamente una unión binaria. Se puede, sin embargo, reprochar a la jurisprudencia musulmana el no haber retenido un hadith tan importante como el del wali. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) ordenó: “Tened en cuenta la opinión de las madres en el matrimonio de sus hijas”. La principal interesada es la hija que se casa. El islam quiere solamente reforzar esas relaciones sociales e instituir una dinámica en la cual participen todos los miembros de las dos familias. Uno se pregunta igualmente por qué en la práctica nos hemos alejado tanto de ese esquema que hace de la familia un capullo protector y no una cárcel cruel para la mujer, tanto la madre como la hija.
¿Por qué este concepto ha así degenerado? El derrumbe semántico del wali-apoyo a wali-tutor no es un deslizamiento inocente. Este acompañó el desliz político y social que reanuda con las tradiciones patriarcales de los más despiadados. La historia no es seguramente lineal, pero bien hecha de rodeos y de vueltas. De vuelta a la casilla espiritual de un principio, el mundo árabe musulmán abandona la integración de la mujer en la vida de sociedad y encuentra sus celos enfermizos hacia sus hembras. La clase privilegiada que resulta ser la que toma las decisiones por todos, decide enclaustrar una vez más a las mujeres.
El wali considerado como el que protege a la mujer, haciendo un contra peso masculino en un juego de relaciones donde la dimensión psicológica no se debe olvidar, el wali considerado como un apoyo moral en caso de litigio entre las dos partes del pacto matrimonial se vuelve, por su retorno a la yajilia, su verdugo, su tutor; su tutela se conjuga con la de un marido también machista, llevando una alianza objetiva entre los machos a través de la historia y a través de sus diferentes estatutos.
Que él sea wali o marido, una complicidad masculina se desarrolla reforzada por una coyuntura económica cada vez más difícil. La mujer percibida por los machos y su familia de origen como una boca a alimentar es casi vendida al marido. El wali considerado como un refugio, se preocupa a menudo muy poco de los sufrimientos de su pupila y prefiere no ver nada mientras que la “boca por alimentar” permanezca ahí donde ella esta. En ese embrollo jurídico-histórico económico, toda la raza femenina es susceptible de pasar bajo el golpe de la violencia masculina, expresión de una violencia emanando de lo alto de la escala social, retirada en el fondo por los corazones donde la fe se ha debilitado (31).
El círculo de la violencia (física o moral) se cierra de nuevo poco a poco con la víctima clásica de las sociedades decadentes: la mujer. La presión, viniendo de un poder desnaturalizado y violento se traduce en los hogares por una desnaturalización más profunda aún de las relaciones de pareja que según el Corán, deberían ser relaciones de ternura y de misericordia.
Un proverbio marroquí, que debe tener equivalentes en otros países musulmanes, la historia común obliga, dice:
“La gente me humilla, y yo humillo a Ouicha (32), mi mujercita.”
Es la fitna de la mujer a la cual el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) hacia alusión.
Es la prueba de la mujer que no se supo proteger o que se ha terminado por asfixiar, queriéndola proteger.
Nuestros imanes en los primeros tiempos del islam, confrontados a las agitaciones de la Gran Prueba, promulgarían el principio de “sadd addaría” (33) como un país en estado de guerra promulga el estado de excepción. Ellos estaban sin ninguna duda realmente preocupados del destino de la umma. Siempre inteligentes; seguramente valientes, ellos buscaban entonces solución a una verdadera crisis. El estado de excepción se vuelve, por desgracia, un estado permanente y los derechos otorgados a las mujeres por el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) pasarán a la mazmorra de una historia que prosigue uno de sus mejores deslices. Esta privación de sus derechos a las mujeres, en nombre de un estado de excepción que se vuelve un estado normal, iba a cambiar completamente las estructuras de la comunidad musulmana.
Las mujeres son las matrices de la sociedad en el sentido propio y en el sentido figurado (en el sentido figurado mucho más que en el sentido propio) la sociedad es así su espejo. Golpeadas, marginalizadas, humilladas, privadas de sus derechos, despreciada, analfabeta, su destino destiñe forzosamente en su ambiente. Ellas ya no podrán más transmitir la llama de la fe, del coraje, de ese sentimiento que genera la combatividad y la inteligencia. Ellas ya no podrán más ser las garantes del equilibrio familial que produce una sociedad sana y llena de promesas.
Una sociedad que trataba así a sus mujeres merecía la colonización y esto llega como una bofetada del destino. Mientras no hubiera una civilización diferente, llegada para jugar el papel de espejo y proponer un modo de vida a los antípodas de su propia realidad, todo iba bien, y la mentalidad fatalista se reproducía al infinito a través de los siglos. La mujer experimentaba esta marginalización al igual que respiraba. Ella no sufría ni siquiera de esta. Ella se aceptaba gineceo de una comunidad girada a su misoginia de origen que ella misma integraba en la edad de la menopausia para volverse aún más feroz hacia su propio sexo.
No hubo peor verdugo de la mujer que la mujer, suegra, e ignorante de Dios. Habiendo alcanzado el único status honorable (el de madre) que da una sociedad de fitna a sus semejantes, ella abusa de manera innoble. Esta madre infantilizaba su retoño masculino y terminaba por asfixiarlo llevando sobre él, el exceso de una ternura que ella hubiera normalmente podido compartir con su marido.
La ignorancia, las frustraciones, más una idealización del sexo masculino, en el que la madre transfiere todos sus sufrimientos y construye todas sus esperanzas de llegar a ser respetable, creando una situación insostenible para la pobre esposa. Esta última tendrá entonces que experimentar las vanidades del hijo mimado y el carácter desabrido de una suegra que traducirá el odio que ella tiene de su propia imagen de la mujer, por la humillación sistemática de su nuera.
Hasta la intriga tiene un color social. De abajo hacia arriba, sólo la excepción confirma la regla, el ambiente esta con la desconfianza en los hogares y todo es bueno para dejar explotar las cóleras y las frustraciones (34). Si en los palacios, las intrigas femeninas se caracterizan por una cierta fluidez y tienen una resonancia flexible gracias a la facilidad material; en las chozas se tiran fácilmente del moño. Los servicios nefastos de fqihs (35) bien equipados en mezclas terribles a las que acuden los desgraciados esposos llegan a menudo hasta el envenenamiento. Si nos divirtiéramos desenterrando a las suegras y los maridos de antaño (y de hoy también) y haciendo informes serios sobre las causas de muerte, tendríamos seguramente grandes sorpresas.
He aquí, lo que hemos logrado hacer de nuestras sociedades y de nuestros hogares, después de haber cortado con las fuentes vivas de nuestra fe. No es porque la mujer es de una mala naturaleza que ella es desabrida o que ella recurre a procedimientos poco escrupulosos. La mujer superficial, la mujer supersticiosa, la mujer astuta, la mujer mentirosa, la mujer que se entrega a la brujería es un puro producto de una sociedad machista que no logra administrar su fitna con las mujeres. La responsabilidad debe volver no a la mujer pero a nuestro alejamiento, de todos nosotros de la enseñanza vital de nuestro Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) del espíritu del Mensaje.
Notas
1-
2-El que anuncia la buena noticia.
3-El que anuncia los castigos en la última vida y advierte acerca de los derrapajes en esta vida.
4-Yo digo “relativamente” porque nadie se escapa fácilmente al ambiente social dominante y porque la gravedad de la tradición pesa hasta en los mujtahids más abiertos.
5-In, Feminismo y política en el Maghreb siete decenios de lucha, Ed. Eddif, Casablanca, 1996, p 8.
6-Que se traduce por conquistas, por incomprensión o por ocultación del fenómeno Islámico. Cf. 2° parte, capítulo titulado “el desvío de la historia.”
7-Khoudour es el plural de Khidr que designa un retiro de por vida como lo hemos visto antes, son los ancestros de los haréns.
8-Awliya, es el plural de wali.
9-Corán, sura 9, versículo 71.
10-El contexto de subdesarrollo y de desempleo, añadido a la desestabilización en relación con las referencias culturales a causa de la mundialización, agravan hoy, más que nunca el estatuto de la mujer.
11-Ouicha es un diminutivo de Aicha, el puede ser afectuoso, pero puede también producir la falta de consideración y de respeto.
12-Estado de excepción donde se disminuyen ciertos derechos reconocidos o ciertas prácticas por razones mayores como la salvaguardia de la unidad de la comunidad por ejemplo.
13-Yo sé bien que hay allí muchas excepciones y que existen ciertos pueblos musulmanes cuyas tradiciones no son machistas, así como algunas familias permanecieron próximas a las fuentes, no correspondiendo a esta imagen negra. Las excepciones confirman la regla y es jugar al avestruz o adoptar un lenguaje estereotipado proclamar que la mujer en tierra del Islam ha sido siempre bien tratada.
14-He aquí otro derrumbe semántico muy revelador. Fiqh quiere decir docto, sabio del islam.
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Extracto del libro “A toda vela” págs. 302-310