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Más vale reírse
Por Nadia Yassine
La duda metódica nos hace atracar lentamente, en éste capítulo, en una bellísima playa. Allí está sentado un quincuagenario, sólo, la frente arrugada, la mirada inquieta. Su perfil está preocupado y toda su atención está curiosamente acaparada por tortugas que salen del agua contoneándose. El chapoteo lancinante de las olas no las desconcentra.
¡Silencio! Oh tiempo, suspende tu vuelo y vosotras, horas propicias, detened vuestro curso... porque aquí se piensa, aquí se cavila sobre la verdad de las verdades, el secreto de los secretos. Una nueva ciencia patalea suavemente en la cabeza de este misterioso personaje y la tal Atenea se dispone a partir el cráneo de su genitor, correr y anunciar la buena noticia a la humanidad.
En las islas Galápagos está naciendo la nueva religión del hombre moderno. En las islas Galápagos Darwin está dando a luz la ciencia-mesías que va a ofrecer a su prójimo como una Navidad eterna, una Navidad pagana, una anti- Navidad. En las islas Galápagos, Darwin está creando el mito del Superpescado que decidió hacer su revolución e iniciar la evolución.
Los poetas son, decididamente, más sensatos que los filósofos, aun cuando estos cambian sus « síncopes subcorticales » en datos científicos. La Fontaine, en una burla premonitoria y un candor que puede ser solo predarwiniano, se burla de la rana que quería ser más gorda que el buey y que acabó explotando por querer cambiar de especie.
¿Quién sabe? Tal vez las fábulas del viejo sabio Francés hubiesen sido diferentes si él hubiese nacido después de Darwin. Seguramente hubiese cogido la costumbre y seguido la corriente general. La moral hubiese entonces perdido bellas lecciones. Estas fábulas hubiesen perdido algo de su originalidad, pues Darwin no sólo le supera en imaginación, sino que logra lo que él nunca consiguió hacer: convencer de la veracidad de sus fábulas.
Imaginemos por un momento que La Fontaine hubiese sido contemporáneo de Darwin y que fuese un convencido de la teoría evolucionista. El hubiese escrito lo siguiente:
El pescado que quería evolucionar y que logra hacerlo
Amo pescado con patas 1, en su charco turbado,
se levanta una mañana con buen pie.
El sol sórdido que veía brillar fuera,
siembra en sus bronquios el deseo de ganarle
Se infla tan fuerte que por poco se mata
Pero el que no se infla, corre el riesgo de nunca mudar.
Hizo tanto y lo hizo tan bien, que terminó por cambiar
Y se puso, encantado, en las orillas a velozmente marchar
No se le olvidó, entonces, mirar hacia atrás,
prometiéndo por última vez, la lengua sacar
a sus primos que no quisieron evolucionar
y para siempre bacterias blandas habrían de quedar
No más alcanzar las orillas sombreadas,
ya le había crecido una hermosa cola
mientras su hocico se puso a colgar2
su cuerpo escamoso pronto se cubrió de plumas,
Embriagado por esta inopinada cualidad,
no supo por qué rama comenzar.
Lucy, Cro-Magnon, Neandertal, o demorarse
entre dos cadenas y retrasarse para jugar.
El estado de mono en realidad le encantaba
y con gran disgusto lo iba a dejar.
Su gran ambición no podía refrenar
debía hacia el aspecto humano, cansado, su ser orientar.
Sus sueños de poderío le perseguían,
impaciente por ser hombre, los eslabones saltaría
Agotado pero tenaz, hacia su objetivo caminaba.
En hombre se convertiría, decidido estaba.
Sus sueños se realizaban sin contar,
hasta en la luna pronto habría de caminar,
después de haber a todo lo que se mueve, disparado
y destruido a todos los que en la marcha hubiesen molestado
Esta es la gran sabiduría de los bosques,
Sobre todo cuando desciende de las marismas,
el que quiere evolucionar, a los otros ha de matar,
Pues muy pequeña queda la tierra, para toda la humanidad.