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Prefacio
Por Nadia Yassine
En un principio, no había pensado en un prefacio. El atentado del 11 de septiembre de 2001, perpetrado contra la Super potencia americana, me llevo a escribirlo. Este acontecimiento colosal ha probablemente cambiado el curso de la historia contemporánea y así también, un poco el de mi modesto libro que estaba ya terminado.
Después del ultimátum lanzado por George W. Bush «El que no estará con nosotros, estará contra nosotros»; me siento intimidada como todo el planeta Tierra, situándome en relación con el «hecho» e identificándome sin matices. Me situaré y me identificaré, con el respeto del matiz y de la reflexión, y no en respuesta a este hold-up digno del Estado, que dispara más rápido que su sombra.
No estoy con los EE.UU., ni contra ellos. Estoy con la sabiduría y la ponderación y no creo que ellos, particularmente, basen su política en estos dos conceptos. Ya sea, con el margen de cinismo y de realpolitik que se puede otorgar a toda política, la norma para ellos está ampliamente sobrepasada y la frialdad legítima en toda relación política, se convierte en una helada de todo humanismo, y el anuncio de un imperialismo inédito. Me compadezco de la suerte de millones de víctimas del Trade Center de las que hacían parte centenares de Árabes y Musulmanes. Esos árabes a los que muy rápido se les cargó la responsabilidad, fabricando pruebas que se desvanecieron por su estupidez. Ese pasaporte encontrado en los escombros (cenizas, sería la palabra correcta) debió, por sí mismo, empujar a la humanidad, en forma de avalancha para encontrar, costase lo que costase, al autor de este atentado: ¿habrá descubierto la fórmula del papel que resiste al infierno?
Inteligentes como lo permite la naturaleza de su poder, daba la impresión como si los EE.UU. tenía bajo el brazo a un culpable de servicio. Era urgente darle a la opinión americana, calentada al rojo vivo, el rostro de quién golpea el Olimpo, y como la centella de los dioses debía caer en algún lado, se apresuraron a utilizar en el momento oportuno ese expediente que estaba, de todos modos, presente en la mente de la Super potencia. Esta desgracia debía, al menos ayudar a conciliar a un Pakistán recalcitrante y a una India igualmente rebelde, dos potencias nucleares muy próximas a ciertas fuentes de energía. Una vez más, ir a manifestar en ese punto neurálgico del mundo, no echaba nada a perder sobre todo cuando se tiene en esta ocasión una coartada fulminante de legitimidad.
Prosigo mi presentación, diciendo que pertenezco a ese mundo islámico que Estados Unidos ha decidido castigar y a un movimiento que se tacha de «islamista radical». No me reconozco con esta última etiqueta, sobre todo conociendo el poder asesino de las palabras, en una era mediática como la nuestra. «Islamista» es en realidad un término que nos honra, si no designara más que, esa voluntad de volver a las fuentes. Este término, está por desgracia cargado de connotaciones negativas que se vuelven de repente, sinónimo de extremista y de fanatismo. Cuando, además se le añade el adjetivo radical, éste se convierte en el eufemismo de bárbaro.
Esas etiquetas provienen de una voluntad de convencer al mundo de que los islamistas son bárbaros, llegados no se sabe de dónde, para ocupar ilegalmente y dominar a las sociedades musulmanas. Se lanza el oprobio a esos movimientos de sociedad calificándolos de agentes perturbadores, maldiciendo su proyecto de recuperación de la sociedad musulmana, la única susceptible todavía de servir de vínculo en nuestras sociedades fragmentadas. La uniformación necesaria para un imperialismo económico que la mundialización facilita cada vez más, está comprometida por el espíritu federalizador que vehicula forzosamente la renovación del islam. Las adquisiciones de la colonización que ha logrado marcar las fronteras y ha creado interlocutores válidos, pues piensan sólo en su propio interés y en los de sus defensores, están comprometidos por el aumento del renacimiento del islam, conocido por tener una identidad muy «fédératrice».
Se empeñan así, en presentar todo movimiento islamista como ajeno al desarrollo natural de una historia en curso. Se hace tanto y tan bien, que lo que hubiese podido ser un retorno a los valores universales de dignidad, de igualdad, de diálogo y de tolerancia, se transforma en una reacción de identidad, que sólo se concibe en una relación de conflicto con un mundo hostil. La agresión cultural que sufre el mundo musulmán, desde hace varios siglos, ha provocado un radicalismo y el ataque al Trade Center es tal vez, el comienzo de lo inimaginable.
Es apoyando a las más innobles tiranías, después de haber desestabilizado las poblaciones colonizadas y haberlas empobrecido, envilecido, fragmentado, «déculturées», que el Occidente ha favorecido este renacimiento, siendo un destino natural del mundo musulmán, hacia las derivas peligrosas para todos. Persistiendo en ir en contra de las proposiciones, aunque sean moderadas, es como se favoreció el extremismo insensible a todo diálogo y a toda negociación.
Se cometió el error con El Banna, fundador del movimiento de los «hermanos musulmanes», se cometió con el FIS y se continuará sin reparo a adoptar la manera errónea de tratar el problema. Así, nuestro movimiento por ejemplo, que ha probado en muchas ocasiones su popularidad y su credibilidad en materia de no-violencia - principio fundador- es sin embargo, tachado de radical, porque se opone a un régimen que garantiza el bienestar de todos, menos el de los marroquíes. Nuestra lectura del islam, está a mil leguas de las lecturas limitadas y sin embargo, no se quiere escuchar nada: somos y permaneceremos extremistas, por la simple razón de que no correspondemos a las normas presentadas y exigidas por la propia seguridad-superioridad de Occidente.
Cualquier forma de pensar nuestro futuro, diferente a la que nos permite Occidente por elites en el poder interpuestas, es juzgada inadmisible. Iremos donde quiere llevarnos el hemisferio Norte, o no se irá a ninguna parte. Se irá pues hacia políticas que aseguran la estabilidad del capitalismo mundial. Los pueblos tendrán que sufrir, sin decir una palabra, los ultrajes de las instancias monetarias internacionales, a través de las políticas de ajustes estructurales y otras estrategias aun más bárbaras. Visto desde el interior del sufrimiento, eso significa la casi totalidad del pueblo que no tiene acceso ni a los cuidados primarios, ni a una enseñanza decente diferente del sistema actual, más eficaz para embrutecer, que para instruir. El círculo vicioso de la indigencia se instala y destruye una sociedad sin recursos. La comunidad musulmana aplastada por su historia interna con los poderes que se sucedieron a la cabeza de la misma para envilecerla, explotarla, manipularla, traicionarla y finalmente venderla, está presa con una modernidad despiadada, donde ella sólo encuentra lugar en las buhardillas, al margen de la ciudad opulenta del capitalismo mundializante.
Cuando se sabe que sólo nuestros valores islámicos de solidaridad, contra toda prueba, nos impedirán hundirnos en el caos total ¿por qué extrañarse de que el doblez de identidad sobre estos mismos valores se haga de manera tan radical? El islam se siente atacado por la simple razón de que ya no es una identidad segura de sí misma y un Mensaje tranquilo pero una identidad escaldada, percibida como el último refugio, ante una barbarie sin nombre. El islam ya no es una entidad serena, es una roca en una sociedad en decadencia, roca en la que se refugia y donde no hay más sitio para los demás, percibidos como adversarios solapados a los que ya no se trata de convencer.
Así se conjuga una antigua dominación de lo político sobre lo espiritual, propio de nuestra historia musulmana y una dominación cultural moderna que lleva a nuestra comunidad a extremismos hasta ahora recuperables, si se paga el precio.
«Los extremistas están perdidos, los extremistas están perdidos, los extremistas están perdidos» repitió El Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) tres veces en un hadiz. Nos enseñó que éramos una comunidad del justo medio, este justo medio que no llegamos a encontrar y que deberíamos buscar con asiduidad. Pero ¿cómo avanzar en esa búsqueda en un ambiente tan excitado como el de principios de siglo?
Ya es hora de que el mundo moderno opte por cambios radicales y haga todo lo posible para que el hombre sea tomado en consideración como valor último y no solamente como una vil fuerza de trabajo, sirviendo al interés de una pequeña minoría. El desafío tendrá tendencia a hacer menos de realpolitik y más de verdadera política, es decir de política en su acepción más noble.
Es justamente esta política en su acepción más noble que trata de promover el movimiento al que pertenezco y cuyo fundador es mi padre. Nuestro movimiento es un movimiento de sociedad que algunos tildan de radical y que otros califican de quietista porque predica desde hace tres décadas la no violencia. Es decir, que el renacimiento de la fe en el mundo musulmán, es mucho más complejo de lo que se pretende y que una verdadera dinámica existe en nuestra comunidad. La crisis de conciencia engendrada por el 11 de septiembre ayudará tal vez a una nueva valoración de lecturas, que emanaban hasta ahora del pensamiento único. A causa de lo ocurrido, tal vez se dará el derecho al mundo musulmán de encontrar sus equilibrios y sus antídotos.
Volviendo a la orden del. Sr. Bush de identificarme y de definirme, estoy en la obligación de evocar el trabajo de educación en curso en la sociedad marroquí. Es un trabajo inaugurado por mi padre desde hace treinta años y en el que, por desgracia, los observadores occidentales sólo conocen las migajas, pues los escritos en árabe exigen una vocación que empieza a faltar cruelmente en la ribera del Norte, y sólo dos libros han sido escritos en francés.
«Islamizar la modernidad»¹ es el título de uno de estos libros que defiende la idea de que los musulmanes no deben rechazar la modernidad o destruirla, pero hacerla más dócil e islamizarla con el fin de poder dar a cambio el mensaje liberador del islam como regalo a la humanidad. Numerosos son los que se dignaron a leer el libro, viendo en éste un insulto a la modernidad. Los mejores lectores se libraron a una polémica infantil teniendo por postura la apuesta de saber quien vencerá el Islam o la modernidad, profundamente antinómicos en su espíritu. Los últimos ecos de esta reacción lúdica aparecen en el artículo ² de Jean Daniel, en el número 1926 de Le Nouvel Observateur titulado «Le scandale» donde, comentando los atentados de septiembre ironiza diciendo que «a falta de islamizar la modernidad, habría que pensar que nos encontraríamos algún día ante la necesidad de modernizar el Islam».
Por otra parte, en ese número, Josette Alia, símbolo de esta condescendencia occidental que exaspera a más de uno y es personificación de la certeza de que sólo el islam debía hacer su autocrítica, me había dejado un pequeño espacio para escribir lo que yo pensaba del 11 de septiembre. Esto era un inmenso progreso, pues la última vez que lo recibí en mi casa, su entrevista parecía un cuestionario hecho de casillas para marcar. Siempre hay un comienzo para todo y pienso que para un tal periódico bastante ha hecho con haber empezado, aunque fuese a su manera, lo que algún día podría ser un verdadero diálogo.
En adelante, este dialogo es inevitable y no se tratará ya de aparentar iniciarlo haciendo en realidad la sobrepuja entre el islam y la modernidad. Si en el mundo musulmán hay proposiciones serias de islamizar la modernidad y de no condenarla más y rechazarla con desprecio, en Occidente deberían hacerse a la idea de que la renovación del islam es, desde ahora, un componente ineluctable del futuro y los valores de un tercio de la humanidad. Será el Occidente, mediante las políticas que llevará, quien decida la naturaleza de su socio ineludible, en una sociedad en vías de mundialización. Estos valores pueden ser, tanto una fuente de tolerancia y de apertura, como lo ha demostrado ya la historia de los musulmanes como un terreno fértil de una violencia inaudita, si se persiste en sembrar allí fermentos de revuelta como fue es el caso de lo ocurrido el 11 de septiembre.
Un tal llamamiento corre el peligro de no tener eco durante mucho tiempo. Al menos es lo que deja presagiar esta tradición secular de hacerse el sordo que practica EE.UU. con el mundo exterior. Su voluntad de potencia se volvió tan inmensa que ya no se preocupa (al menos hasta el 11 de septiembre) de disimularlo aunque fuese detrás de un velo de pudor.
Le Monde diplomatique, en su número de Julio del 2001, y sólo semanas antes del atentado, nos muestra hasta que punto puede llegar a ser una autosuficiencia obsesiva. La megalomanía en delirio hace decir al senador Jesse Helm: «estamos en el centro y ahí debemos permanecer» o aun más «Estados Unidos debe dirigir al mundo, llevando la llama moral, política y militar de derecha y de la fuerza y servir de ejemplo a todos los pueblos»³. Charles Krauthammer expresa el vértigo americano en estos términos: «América salva al mundo como un coloso(...)Después de que Roma destruyera a Cartago ninguna potencia ha alcanzado la cima a la que hemos llegado».
John Bolton, asistente de M. Colin Powell traducirá este malestar en términos políticos más directos y menos literarios, diciendo «el derecho internacional no existe». Desde la llegada al trono de Bush hijo a la cabeza del Imperio, este menosprecio del derecho internacional va aumentando, pues todo tratado serio y positivo es pisoteado sistemáticamente, ya sea en el ámbito militar, del medio ambiente o económico. Lo que ocurrió entonces en Manhattan, no debe ser leído en un contexto de choque entre civilizaciones enemigas, pero como una exasperación ante tanta arrogancia.
Esta altivez no viene además de ayer, y la explosión de odio del 11 de septiembre no es más que el desenlace de un drama que se tramaba desde hace mucho tiempo. Las raíces del mal seguramente se sustentan de lo político, pero ellas van a buscar sus raicillas muy lejos en el inconsciente filosófico que determina las elecciones sociológicas del mundo occidental.
EE.UU. no es más que la encarnación estatal de un Prometeo cuyo desencadenamiento no tiene ya limites, comprometido como está él en una aventura técnica sin precedente. Desventura sería la palabra exacta y la Historia no habrá esperado a Bin Laden para expresar las quejas a la nación, hierro de lanza, de esta progresión de Prometeo en senderos peligrosos. Ya en 1943 y antes de su muerte Saint Exupery, que estaba destinado en Túnez en una base americana, describe lo que él percibe como la expresión por excelencia de un «terrible desierto humano». Su presencia en esta base, suscita en él preguntas existenciales que deberían hacerse de otra manera más aguda a la luz de comienzos de este siglo:
«¿ Pero a dónde va Estados Unidos y a donde vamos nosotros también?
Se quiere, sea como sea, leer los acontecimientos del 11 de septiembre como una ruptura y no como un fin previsible desde hace mucho tiempo. Se ha hecho una ruptura entre dos mundos, un hecho absolutamente sorprendente... Es un señuelo presentar las cosas de ese modo.
Si es cierto que el islam guarda suficiente espíritu combativo para intentar lo imposible, el malestar es general ante el giro megalómano que han tomado las relaciones de esta super potencia con el resto del mundo. Es cierto que, Bin Laden dio su golpe en nombre del Islam, pero muchos hubiesen deseado manifestar su cólera en nombre de la desazón generada por tanto poder e ignorancia de parte del otro.
George Friedman, por no citar más que a éste, expresaba ya en 1970 esta terrible sensación de que Estados Unidos se exponía a posibles peligros. Lo describe como el lugar más propicio para un desarrollo fatal, lo que él llama, el Gran Desequilibrio:
«Desde hace veinte años, cada vez que he pisado tierra americana, he experimentado la certeza de que ahí se jugaba una enorme partida, tal vez aquella de la que dependería el destino de la especie. Es ahí, donde los hombres han avanzado más, en la Aventura técnica a pesar de las dificultades que les eran propias (...) Es ahí, donde ostentan más abiertamente (orgullo, candor, ¿inconsciencia?) sus conquistas, sus riquezas, su eficacia, su poder, sus errores, sus miserias, sus angustias, sus vicios. Es ahí, donde se manifiesta con más resplandor el contraste entre el desarrollo económico y el subdesarrollo moral (...) Ningún país ofrece tantos instrumentos al enemigo(...) Nunca pensé establecerme ahí, pero estoy turbado al encontrarme ahí. Una curiosidad múltiple, enorme, insatisfecha y que no es sólo intelectual, me empuja hacia este pueblo (acaso ¿es ése un pueblo?) hacia sus exploraciones en la jungla técnica donde se ha metido, que él mismo ha ennegrecido, donde se hunde, sufre a cada instante pérdidas crueles en su sustancia física y psíquica y donde corre el riesgo de ser el vencido»4.
Sé muy bien que el pueblo estadounidense, no es un pueblo exclusivamente compuesto de embrutecidos. La ley de la cifra, nos permite pensar que hay un número imponente de norteamericanos lucidos y equilibrados. La ley de la mayoría y la presión económica y política de ciertos lobbies les impide tal vez dar otro rostro a su nación, pero sí que están presentes. La prueba de esta lucidez nos es dada en «Le Monde» del 19 de septiembre del 2001. Un artista americano declaraba en éste:
«Es difícil decirlo hoy, pero creo que lo hemos bien buscado. Nueva York representa la dominación de un centro que dicta su ley a otros países, pide café a Costa Rica, petróleo al Oriente Medio. Si no quiere más café les dice: Iros al infierno. Nuestra democracia está basada en la mentira. Descansa sobre una consumación de energía increíble y se quiere hacer creer al resto del mundo que podría vivir como nosotros. Pero si éste fuese el caso, el planeta estallaría»
¡Si solamente los políticos escucharan la voz de la razón! Stanley Hoffman, ya en 1968, decía lo mismo en un estilo más académico y en un libro con un título que pasa de cualquier comentario: «Gulliver empêtré ». La voluntad de dominación por el amor a la dominación, terminaría según él, por neutralizar hasta el principio de eficacia que reclamaba la política americana, porque como él dice «la eficacia es el arte de alcanzar su objetivo, de manera que sirva a sus intereses».
Esas advertencias hubiesen podido, si se hubiesen tenido en cuenta, salvar las apariencias de los Estados Unidos. La sabiduría que pedía este politólogo hubiese podido evitar llegar al 11 de septiembre. Esta psicosis hacia el islamismo, ya esperpento terrorífico cuando se sabía atajado en su casa, puede degenerar en un temor aniquilando toda esperanza de diálogo sereno con él, ahora que se le cree determinado a hacer su yihad a lo Bin Laden.
El Occidente debería tal vez volver a sus archivos para sacar tesoros de sabiduría, en lugar de dejarse convencer de la fuerza de las cosas. Todavía se puede dar marcha atrás, detener la «mega máquina» que en su carrera desenfrenada hacia yo no sé que meta, produce remolinos anunciadores de una persecución colosal. El engranaje determinante se sitúa en el Norte y más exactamente en esta gran potencia que es Estados Unidos.
Los que representan nuestro mundo fácilmente divisible en la era de la mundialización cometen, a mi parecer, un grave error de juicio. Termino este prólogo con una metáfora de Stanley Hoffman muy de moda, este Stanley Hoffman que continua hasta nuestros días denunciando las «inclinaciones pirómanas» de Estados Unidos:
Dice «Si tuviera que escoger una metáfora que describiese el sistema internacional actual, diría que ese sistema es como una barra a la que están encadenados muchos presidiarios. Algunos prisioneros son pequeños, dos de ellos son enormes, y varios manipulan explosivos. Cada uno tiene su propia personalidad pero ninguno de ellos puede hacer gran cosa. ¿Alguien buscaría romper la alineación magullándose los tobillos y se arriesgaría arrastrando a sus compañeros de cadena, haciendo explotar todo? Así, a pesar de las diferencias en el peso, musculatura, puños, a pesar de los terribles odios, de los celos y de las quejas, todos están bien atados, vivos, pero impotentes».5
Las novedades políticas internacionales no caducan esta metáfora. Aunque la configuración de la sociedad internacional haya cambiado, somos más víctimas de esta interdependencia descrita por Hoffmann.
En nuestro mundo «villagisé», se puede hasta decir que los vínculos se han afianzado aun más y no creo que sea posible deshacerse de ellos. La única opción que nos queda, es la de elegir la naturaleza de estos lazos. Podemos, según nuestras opciones, ya sea hacer cadenas que nos alienen a todos o crear relaciones privilegiadas y respetuosas de la diferencia de nuestras identidades que no deben forzosamente volverse idénticas. Si persistimos en la vía de la alineación, siempre habrá algún prisionero que, según la metáfora de Hoffmann, buscará convertirse en un Espartaco en un baño de sangre que sumergirá tanto a sus amigos como a sus enemigos. Poco le importará, pues ni siquiera le molestará el caos. Nada que ganar, significará lo mismo para él que, nada que perder.
Sale, 24 de Octubre del 2001
Notas
1. Libro publicado en 1998 (impresora al ofok.) Es el único libro que ha sido escrito en lengua extranjera, en una serie de aproximadamente 30 obras.
2 . «Le Nouvel observateur», N° 1926 del 4 al 10 de Octubre del 2001. p 26 in Le Scandale, en francés.
3 . Artículo de Golub titulado Rêves d’empire de l’administration américaine, en francés.
4. In La puissance et la sagesse de George Friedman. Ed. Gallimard, 1970, p. 13.
5. In Gulliver enchaîné, ensayo sobre «la politique étrangère des Etats Unis» de Stanley Hoffmann, Ed. du Seuil, Paris, 1971 p. 95, en francés.